Hasta hace no mucho tiempo, la ceremonia de la
coronación papal incluía el rito del «Sic transit gloria mundi».
Claro: es herencia de otros tiempos, en que la
tiara, la triple corona, se usaba como signo de los oficios que debe
cumplir el Sumo Pontífice.
Pero como Francisco P.P. es “un Papa del pueblo” y no
un príncipe del Renacimiento que escucha música, si sus inmediatos
antecesores no la usaron, menos lo hará él.
Sin embargo, esto no es porque no se deleite con el
sabor del poder: al contrario, la popularidad es su golosina.
Y no es que Francisco no sea consciente de que todos
somos mortales y en cualquier momento nos visita la Parca para llevarnos a otro
destino. Qué pase por su caletre, sólo Dios lo sabe…
Lo que nosotros podemos ver es que este pontificado
es, simplemente, una inconsistencia que se prolonga. Papas ha habido que en
muchos menos tiempo han hecho grandes obras y han marcado un rumbo nuevo a la
Iglesia, para bien.
En esto pensaba hoy al considerar al Pontífice que
celebramos en la Liturgia: su nombre perdura en las célebres catacumbas, y apenas
asomamos a los libros de historia, encontramos el relato de sus criteriosas
intervenciones en asuntos dogmáticos y morales. Todo eso, en cinco años,
culminando con el martirio. San
Calixto.
A su vez, a san Pío V le bastaron seis años de
pontificado para dejar una memoria perdurable. Y así, tantos.
Venimos padeciendo ya más de ocho años este pontificado
anodino, cuya única perdurabilidad está en el daño. Lo único grande en
Francisco se mide por lo que destruye, no por lo que edifica.
No quisiéramos estar en sus famosos zapatos negros al momento de “estirar la pata”, como se dice allá en sus tierras.
En total acuerdo.
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